La ciencia, frente al desafío de investigar más

Posted Mié, 30/03/2011 - 10:05
By FAUBA

El desequilibrio existente entre el volumen de la producción agrícola y la generación de conocimiento en los países emergentes, pone en peligro la sostenibilidad del sistema, según Roberto Benech-Arnold, profesor de la cátedra de Cultivos Industriales de la FAUBA.

Si bien la Argentina triplicó su producción agrícola en las últimas décadas, hoy produce 16% de la soja del mundo y sólo genera el 2% de la literatura científica relacionada con este cultivo, advirtió Roberto Benech-Arnold, profesor titular de la cátedra de Cultivos Industriales de la Facultad de Agronomía de la UBA (FAUBA) e investigador principal del CONICET.

A su entender, el desequilibrio que existe entre el aumento de la producción agrícola vía la rápida adopción de tecnologías generadas en países centrales, y el desarrollo de la investigación (realizada, en mayor medida, en universidades y en el CONICET), no sólo afectará la sustentabilidad de esos sistemas de producción hacia el futuro, sino también la posibilidad de generar mayores divisas para el país a partir de, por ejemplo, el cobro de patentes por tecnologías que hayan sido generadas localmente como fruto de esa investigación básica.

Al adelantar los principales puntos de una conferencia que brindará próximamente en Brasil, como apertura del congreso sobre Ciencia de Semillas en el Siglo XXI, Benech-Arnold sostuvo que las economías emergentes tienen un papel importante en el mundo. “Algunos de estos países (por ejemplo, el nuestro) cuentan con un suelo excepcional que, junto a un clima también benéfico, determinan ventajas evidentes para la producción de alimentos. A esto se suma una importante predisposición evidenciada por nuestro sector productivo para la rápida adopción de tecnologías generadas en economías centrales (como los transgénicos) y expansión de la agricultura (en superficie y productividad)”, explicó.

La Argentina es un claro ejemplo de desequilibrio entre la importancia de la producción agrícola para la economía y la generación de conocimiento básico en relación a la actividad agrícola. Hoy, y en consonancia con la situación de India, China y Brasil, la economía de nuestro país se basa fuertemente en la producción de commodities (la agricultura representa 9,4% del PBI), con una gran participación en la producción mundial de alimentos.

Sin embargo, la cantidad de conocimiento básico generado en relación al funcionamiento de estos sistemas no parece estar de acuerdo con la importancia que tiene la producción agrícola en la economía. Por ejemplo, la Argentina produce 16% de la soja del mundo (el país triplicó su producción agrícola, fundamentalmente desde que, en 1996, se liberó al mercado la soja RR), pero sólo genera 2% de la literatura científica relacionada con este cultivo. En China sucede algo similar: el gigante asiático produce casi 20% del maíz en el mundo, pero sólo 3% de la literatura científica vinculada al cultivo. Esta diferencia no existe en los países centrales: EE.UU. produce 40 % de la soja mundial y genera cerca de 40 % del total de la literatura científica vinculada a este cultivo.

“Este desequilibrio entre el peso que tiene la producción agrícola en estas economías y la generación de conocimiento en las disciplinas afines, pone en peligro la sostenibilidad de estos modelos económicos y, por tanto, la producción mundial de alimentos. La posibilidad de salvar este desequilibrio y sus posibles consecuencias, reside en nuestra capacidad para generar conocimiento en áreas como la ecofisiología de cultivos, la biotecnología, la ecología y, por supuesto, la ciencia de semillas”, dijo.

“La ciencia de semillas, por lo tanto, y en sintonía con el lema del congreso (La ciencia de semillas en el siglo XXI), está llamada a desempeñar un papel importante en estas economías, a través de los diferentes enfoques (ecológicos, fisiológicos, agronómicos y biotecnológicos) que la disciplina tiene para ofrecer”, enfatizó.

- ¿Si la Argentina triplicó su producción agrícola en sólo una década, si tiene condiciones agroecológicas excepcionales y productores que implementan tecnologías de los países centrales, por qué necesita hacer investigación básica?

“La respuesta es que quedan muchos flancos abiertos. Sabemos muy poco acerca de la sustentabilidad de esos sistemas”, subrayó Benech-Arnold. Por ejemplo: “La llegada de la soja transgénica vino de la mano de la incorporación de todo un paquete tecnológico, que incluye al herbicida glifosato y a la siembra directa. Sabemos muy poco sobre su sustentabilidad en el tiempo, desde el punto de vista de la aparición de nuevas malezas, de la generación de resistencia por el uso continuado y pronunciado del glifosato, o de cuestiones que tienen que ver con la biología de esas malezas y del suelo, por citar sólo algunos ejemplos”.

“Por otro lado, la investigación científica sienta las bases para el desarrollo de tecnologías agrícolas generadas a partir de un criterio local, que a la vez nos va a permitir generar nuevas patentes que van a engrosar el porcentaje del PBI relacionado con la producción agrícola. En el caso de EE.UU., por ejemplo, al país no sólo le ingresa dinero por los granos que vende como commodities, sino también por las patentes que cobra por haber generado las tecnologías que se usan en otros países, incluido el nuestro”, concluyó.

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Facultad de Agronomía - Universidad de Buenos Aires