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Los profesores escriben
Globalización, Economía y Ambiente: Reflexiones
en torno al concepto de la Sociedad del Riesgo
Lucia Longo [1] – Marina Dossi [2]
Introducción
La idea fuerza del presente ensayo es el concepto
de Ulrich Beck acerca de la Sociedad del Riesgo. El concepto de
riesgo caracteriza un peculiar estado intermedio entre la seguridad
y la destrucción; el discurso sobre los riesgos comienza donde termina
la confianza en nuestra seguridad y deja de ser relevante cuando
efectivamente ocurre el daño. Desde la visión de Beck, el concepto
de riesgo cuando es considerado científicamente (riesgo=accidente
x probabilidad) adopta la forma del cálculo de probabilidades, y
nunca puede excluir el peor caso posible. Consideramos adecuado
este abordaje en tanto este autor expuso una serie de cambios que
no estaban siendo advertidos por las ciencias sociales y que afectaban
notablemente a las nuevas generaciones.
En la fase inicial de la sociedad del riesgo, los
riesgos y la percepción de los mismos son “consecuencias no deseadas”
de la lógica de control que domina la modernidad; en la medida que
la naturaleza se industrializa, surgen nuevos tipos de incertidumbre
denominadas “incertidumbres fabricadas”. Estos tipos de riesgos
y peligros internos presuponen una triple participación de expertos
científicos en el papel de productores, analistas y beneficiarios
de las definiciones de riesgos; los riesgos únicamente sugieren
cuáles cosas no habrían de hacerse, pero no qué se debería hacer.
A medida que los riesgos se convierten en el escenario
desde el que se percibe el mundo, la alarma que provocan crea una
atmósfera de impotencia y parálisis. En esta línea de análisis,
nos proponemos indagar estos fenómenos a la luz de los importantes
problemas ecológicos y ambientales, visibles en estos primeros años
del siglo XXI, y la forma en que repercuten según se trate de países
dominantes o no, ya que constituyen un interesante aspecto de la
modernidad, donde la producción social de riqueza va acompañada
sistemáticamente por la producción social de riesgos, cambiando
así la lógica del reparto de la riqueza por la lógica del reparto
de los riesgos.
Globalizando los riesgos
Partiendo de su definición de sociedad del riesgo,
Beck [3] se refiere a la
“globalización del riesgo” de la siguiente manera: (…)”en la civilización
desarrollada surge una novedosa asignación global y mundial de peligros
frente a la cual las posibilidades individuales de decisión apenas
existen” (…) “la igualación mundial de la situaciones de peligro
no puede engañar sobre las nuevas desigualdades sociales dentro
de la sociedad del riesgo. Estas surgen en especial allí donde (a
escala internacional) las situaciones de clase y las situaciones
de riesgo se solapan”.[4]
Debido al proceso de globalización que atraviesan
todos los países, los nuevos riesgos tienen características diferenciadoras
con respecto a los anteriores, éstos son simultáneamente locales
y globales, es decir, “glocales” y atraviesan todos los ámbitos
y espacios. Esta concepción de globalización es válida, ya que considera
que el proceso globalizador es superador de lo local y que al mismo
tiempo lo incluye, destacando de este modo la obligación de articular
instancias de regulación locales, nacionales y supranacionales.
Por su parte, Robertson [5] reafirma la necesidad de introducir en la teoría
social el concepto de glocalización, para sustentar su argumento
general que señala: (…) “la globalización ha implicado la reconstrucción
y en cierto sentido la producción de hogar, comunidad, localidad”
(…) “desde un punto de vista analítico no es visto como contrapunto
de lo local”. Esta afirmación es correcta ya que lo local puede
ser considerado con algunas reservas, como un aspecto de la globalización.
En este sentido y a título de ejemplo, el proceso de globalización
en la agricultura puede manifestarse en la masiva difusión, distribución
y uso de paquetes tecnológicos, uno de cuyos componentes son las
tecnologías químicas desarrolladas por empresas transnacionales
quienes se convierten en los principales agentes en el desarrollo
de esta tendencia, no obstante las características para su uso,
intensidad etc. son netamente locales de las zonas en donde se las
aplica.
Los riesgos que se generan en el nivel más avanzado
del desarrollo de las fuerzas productivas, causan daños sistemáticos,
a menudo intangibles y definitivos, que al repartirse provocan situaciones
sociales de peligro; los riesgos de la modernización afectan tanto
a los que los producen como a quienes se benefician de esta última,
se trata de un “efecto bumerang” que ocasiona más tarde o más temprano
la unidad del culpable y de la víctima.
La observación de las consecuencias del cambio climático
[6] constituye un
claro ejemplo de lo que estamos afirmando. Los desastres naturales
causan pérdidas de tal magnitud que retrasan considerablemente los
esfuerzos por mejorar las condiciones de vida de la población. Los
casos de inundaciones de la región pampeana y del litoral son emblemáticos
en este sentido, ya que la Argentina ha perdido el 1,1% de su PBI
en los últimos años por esa causa, sin contar los efectos perjudiciales
sobre los sistemas productivos agropecuarios. Por lo tanto, el “efecto
bumerang” no es sólo una amenaza a la vida, sino también a los medios
delegados, como el dinero y la propiedad.
En cuanto a las consecuencias sociales, es importante
señalar que la población más pobre tanto de las zonas rurales como
de las urbanas, no sólo soporta una cuota desmedida del impacto
de los desastres, sino que se encuentra en desventaja en el posterior
período de recuperación y reconstrucción. De esta forma, los riesgos
y sus consecuencias impactan de modo diferencial entre países desarrollados
y subdesarrollados, y también al interior de éstos, ya que los sectores
más pobres son más frágiles y vulnerables frente a los desastres
ambientales, que los de mayores ingresos, cuyas estrategias para
hacer frente a tales circunstancias son más eficaces.
La nueva modernidad
La sociedad del riesgo sintetiza un momento de la
historia moderna, en el cual se reformulan sus componentes y aparecen
nuevas estrategias de dominación. De acuerdo con Beck, en la actualidad
estaríamos frente a una sociedad posindustrial, en el sentido que
las matrices básicas de la modernidad, sus formas de organización,
los modos de producción, la organización económica y las formas
en las cuales se ejercía lo político, característicos de la sociedad
industrial, se han modificado sustancialmente. Al respecto, Beck
señala que (…) “mientras que en la sociedad industrial la lógica
de la producción de riqueza domina a la lógica de la producción
de riesgos, en la sociedad del riesgo se invierte esta relación”
(…) “la ganancia del poder del progreso técnico-económico se ve
eclipsada cada vez más por la producción de riesgos”.[7] En la actualidad,
la prevención de los cambios climáticos adversos, se ha constituido
como una de las herramientas más importantes para el sostenimiento
del desarrollo. Estos cambios climáticos adversos, tanto los de
rápido desarrollo como las inundaciones, los vientos de alta velocidad
y el fenómeno “El Niño”, y los de lento desarrollo como la sequía,
la desertificación y la degradación de los suelos, se muestran cada
vez más recurrentes y con mayor impacto.
Desde la década de los setenta, el ecologismo ha
ido avanzando en las distintas capas de la sociedad bajo una premisa
fundamental: "el crecimiento tiene un límite”. La aparición
en escena de distintos conceptos relacionados con la protección
del ambiente, motivó reacciones muy adversas, ya que ecología y
crecimiento eran metas opuestas y, necesariamente el logro de una
conllevaba al deterioro de la otra. Esto fue así al punto de considerarse
que cualquier posición a favor del ambiente implicaba tomar partido
en contra del crecimiento y por ende un peligro para la rentabilidad
y la competitividad económica. Es recién en la década de los ochenta
que comienza a difundirse la idea del desarrollo y/o crecimiento
sustentable, como una forma de la racionalidad impuesta sobre la
actividad económica, que permite no extraer de la naturaleza más
de lo que es necesario para satisfacer las necesidades de las generaciones
actuales y sin comprometer la disponibilidad de los recursos para
las generaciones futuras. El Reporte Brundtland, (1987) generado
por una Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente que estableció
la Organización de las Naciones Unidas, es considerado el documento
más esclarecedor de lo que iba a sobrevenir en los siguientes 20
años. En él se destaca que “la humanidad debe cambiar sus estilos
de vida y la forma en que se hace el comercio, pues de no ser así,
se iba a esperar un padecimiento humano y una degradación ecológica
inimaginables”.
Globalización, Estado, procesos de reforma y consecuencias
ambientales
Las tensiones que conlleva el proceso globalizador
nos lleva a reflexionar sobre el rol del Estado; la concepción y
definición del mismo están sujetas a la tensión de dos requerimientos:
el individual y el colectivo. La cuestión ambiental tiene, quizás
como ninguna otra, componentes de alta conflictividad en estos aspectos.
El derecho de un empresario a desmontar su tierra tropieza con el
deseo colectivo de proteger la biodiversidad presente en el ecosistema
del bosque, prevenir la posible ocurrencia de inundaciones por falta
de barreras naturales a la escorrentía del agua, y preservar el
suelo de la erosión a la que será expuesto y que lo sustraerá al
capital natural que hereden las futuras generaciones. Unos y otros
reclaman al Estado la protección de sus derechos, el cual parece
incapaz de generar reglas de juego colectivas aceptables.
En una sociedad cruzada por los procesos de globalización,
Beck distingue entre los vectores locales y globales, convencido
de la necesidad de una cooperación supranacional como instrumento
de refuerzo del desarrollo y la estabilidad local. Frente a los
valores del viejo Estado nacional, fuerte y jerarquizado, describe
el ‘Estado cosmopolita’, autónomo pero abierto a la cooperación
y a una cohesión internacional que, manteniendo la diversidad, amortigüe
las tensiones de las diferencias.
En este sentido, en la gran mayoría de los países
de América Latina y el Caribe, el rol y las funciones del Estado
se han visto modificados por los procesos de reformas macroeconómicas
profundas de fines de los años ochenta y comienzos de los noventa,
caracterizados por una estrategia de desarrollo orientada hacia
los mercados externos, con una asignación de recursos determinada
principalmente por el mercado y con una fuerte reducción del Estado
en las actividades productivas de los países. Estas reformas fueron
consecuencia directa de las reglas de juego establecidas por las
organizaciones multilaterales bajo el control decisivo de las potencias
dominantes en función a los intereses de estos últimos (Ferrer,
2004). La nueva estrategia de apertura comercial, estaba destinada
a producir cambios en el uso de los recursos productivos a través
de las variaciones en los precios relativos, actuando sobre la reasignación
de recursos (principalmente naturales) en función a las ventajas
comparativas, y llevando a las economías hacia un nuevo modelo de
crecimiento liderado, fundamentalmente, por las exportaciones (Shaper,
1999).
En este marco de liberalización económica y comercial
que se fue consolidando en el mundo, el Estado debió asumir un nuevo
rol como participante económico y social. En la Argentina, la política
de liberación comercial y apertura, las desregulaciones e incentivos
a la producción, y la privatización de los servicios de infraestructura
ligados a la actividad agraria coadyuvaron a la transformación productiva,
situando al sector agropecuario argentino en los niveles competitivos
del orden internacional (Sonnet, 1999), y produciendo al mismo tiempo
una nueva política económica, la cual afectó el valor de la tierra,
la asignación de los recursos y modificó los patrones de conservación
del suelo. La producción agropecuaria siguió en manos de productores
residentes, pero la cadena de agregación de valor y los paquetes
tecnológicos estaban frecuentemente en manos de empresas extranjeras;
esto trajo como consecuencia que la formación de ahorro, la capacidad
de inversión y el desarrollo tecnológico fueran transferidos al
poder decisorio de agentes económicos no residentes. La intensidad
en el uso de los recursos naturales no disminuyó a pesar del surgimiento
de nuevos modos de producción, por el contrario, continúa siendo
“la base” sobre la cual se sustenta el desarrollo económico capitalista.
El sector agropecuario argentino, productor de bienes
transables sujetos a la competencia internacional, registró en los
noventa el impacto de la sobrevaloración del tipo de cambio y la
modificación de los precios relativos. Pese a la caída de su participación
en el PBI (del 10% al 5% en el transcurso de la década), la dotación
de recursos naturales del país y la revolución tecnológica ampliaron
los espacios de rentabilidad y permitieron la expansión de la superficie
bajo explotación y la reducción de los costos; propiciando el incremento
de la producción de cereales y oleaginosas. El agro, principalmente
el pampeano, se vio inmerso en una transformación productiva generando
notorias modificaciones en las características territoriales (económicas,
ambientales, sociales, políticas, institucionales) no sólo de las
localidades y provincias donde se localizan los productores, sino
también de otros ámbitos articulados con estos procesos a través
de diferentes redes (Manzanal, 1999). El área agrícola se vio incrementada
gracias al avance de su frontera debido a la incorporación de tierras
forestales [8], atentando contra la sustentabilidad de los
agroecosistemas y planteando incógnitas sobre las consecuencias
productivas, ambientales, sociales y económicas, en el mediano y
largo plazo, de mantenerse o profundizarse las tendencias existentes.[9]
En este escenario, se observa que las modificaciones
macroeconómicas generaron alteraciones sustanciales en la conformación
socio espacial del territorio, provocando alteraciones en el ambiente
natural, social y económico debido, por un lado, a la poca efectividad
del marco jurídico y, por el otro, a la escasa participación del
Estado Nacional tanto para la generación de políticas públicas de
mediano y largo plazo como por la poca presencia para garantizar
el control y vigilancia ambiental, tanto a nivel nacional como provincial
(Morello y Matteucci, 2000)
En la “Conferencia de las Naciones Unidas sobre el
Medio Ambiente y el Desarrollo”, conocida como la Cumbre de la Tierra,
realizada en Río de Janeiro en Junio de 1992 se estableció el objetivo
de generar una alianza mundial y equitativa mediante la creación
de nuevos niveles de cooperación entre los Estados, los sectores
clave de las sociedades y las personas, procurando alcanzar acuerdos
internacionales en los que se respeten los intereses de todos y
se proteja la integridad del sistema ambiental y del desarrollo
mundial. [10]
Dentro de esta Conferencia se destaca la importancia de enunciar
que “los Estados tienen el derecho soberano de aprovechar sus propios
recursos según sus propias políticas ambientales y de desarrollo,
y la responsabilidad de velar porque las actividades realizadas
dentro de su jurisdicción o bajo su control no causen daños al medio
ambiente de otros Estados o de zonas que estén fuera de los límites
de la jurisdicción nacional” [11].
No obstante, paradójicamente, la globalización merma las capacidades
de gobierno del Estado- nación y pone en cuestión elementos esenciales
del mismo, la soberanía nacional, limitando las posibilidades y
el alcance de las políticas internas y exteriores estatales. Los
países no pueden permitirse la adopción de decisiones dejando de
lado las cuestiones ambientales y de desarrollo, de ser necesario
se debe establecer un proceso de planificación que integre ambas
cuestiones, exigiendo una amplia recopilación de información y el
mejoramiento de los métodos de evaluación de los riesgos y beneficios
ambientales. Beck, en este sentido, enfatiza que la muerte del planeta
evidenciada por la profunda degradación ecológica no puede ser tratada
exclusivamente por cada Estado individualmente, no puede ser considerado
como un tema solamente productivo, ya que el desarrollo de la economía
mundial y las fuerzas productivas en su relación con la naturaleza,
han abierto paso a riesgos globales, que no respetan fronteras,
tales como el debilitamiento de la capa de ozono, el calentamiento
global, la destrucción de las especies vegetales y animales y la
desertificación. Es interesante para poner de relieve frente a este
pensamiento, analizar la postura y los argumentos de los países
ricos en recursos naturales, y su posición defensiva respecto de
la libre disponibilidad de los mismos; el Estado se constituiría
en una fuerza limitadora que desbarataría cualquier intento de dirigir
las relaciones internacionales de un modo que trascienda la política
del estado soberano. Es decir, se cuestiona la idea de que la construcción
o el mantenimiento del orden internacional puedan trascender la
lógica de la política de poder.[12] Para evitar la catástrofe ecológica generalizada
se deben tomar determinaciones a nivel global mediante acuerdos
internacionales.
Reflexiones Finales
Por lo expuesto, se puede mencionar que el desarrollo
técnico-económico se ve sobrepasado por los riesgos que el mismo
–consciente e inconscientemente- construye, tales como el colapso
ecológico, las catástrofes nucleares, el envenenamiento químico
o el desempleo masivo. Cuando el ambiente no está incorporado dentro
de las prioridades de la política macroeconómica, se cae en un grave
error, ya que los problemas ambientales podrían afectar adversamente
las condiciones macroeconómicas de un país (Seroa da Motta, 2001).
Sin embargo y en estrecha relación con esta temática,
no podemos dejar de lado la noción de desigualdad, en la medida
en que estamos ingresando a una nueva forma de organizar las sociedades
a nivel mundial. En el mundo de hoy, son los pobres los que llevan
el mayor peso del cambio climático; mañana será toda la humanidad
la que deberá enfrentar los riesgos asociados al deterioro ambiental.
La aversión a la pobreza y a la desigualdad de hoy y al riesgo catastrófico
de mañana provee un sólido fundamento para actuar ahora con máxima
premura.[13]
A partir de la certeza de que los peligros ecológicos
"no saben de fronteras", ya que son universalizados por
el aire, el viento, el agua y los alimentos, se acrecienta y se
justifica la discusión de los riesgos ambientales globales.
Enfrentada a la amenaza, la gente experimenta que
respira como las plantas y que vive del agua igual que el pez vive
en el agua. La amenaza tóxica le hace sentir que participa con su
cuerpo en las cosas -"un proceso metabólico con conciencia
y moralidad"- y, consiguientemente, que puede sufrir erosión
como las piedras y los árboles bajo la lluvia ácida. (...) Una sociedad
que se percibe a sí misma como sociedad del riesgo se convierte
en reflexiva, es decir, los fundamentos de su actividad y sus objetivos
se convierten en objeto de controversias científicas y políticas
públicas. (...) Por tanto, la sociedad del riesgo y la teoría de
la sociedad del riesgo incorporan una utopía: la utopía de una modernidad
responsable, la utopía de otra modernidad, de muchas modernidades
a inventar y experimentar en diferentes culturas y partes del mundo.(Beck,
2002, op.cit)
Finalmente, al decir de Osvaldo Sunkel, (1983) (…)
“Se requiere un cambio conceptual, un cambio de enfoque teórico,
de paradigma de desarrollo” (...) “tiene que basarse en una integración
de las ciencias naturales y de las ciencias sociales, tan dramáticamente
separadas desde hace un siglo y sin lenguaje común alguno; los científicos
naturales tienen que aprender a entender el funcionamiento de la
sociedad, y los científicos sociales tienen que aprender a entender
el funcionamiento de la naturaleza, y ambos grupos tienen que aprender
a entender las interrelaciones entre sociedad y naturaleza."
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