Los profesores escriben
"La construcción de la sociedad.
Una prioridad del estado" [1]
Rubén L. Berenblum [2]
La destrucción que ha sufrido la sociedad
argentina durante los últimos decenios, no parece tener parangón
en el mundo contemporáneo. En efecto, no se registran antecedentes
históricos en los que una nación que había
alcanzado un considerable desarrollo en todos los órdenes
- con excepción expresa del de las instituciones políticas-,
retrocediera, sin cataclismos sociales de por medio, a estadios
de involución nunca vividos, si utilizamos como referencia
el pasado de la propia República Argentina. Una especie de
suicidio colectivo que, con la aprobación explicita o virtual
de buena parte de la población, llevó a nuestra clase
dirigente a la aniquilación de activos afectados a la planificación,
a la toma de decisiones, al control, a la producción y a
la promoción social que nos había costado varias generaciones
acumular. Es que no se trata solamente de la desaparición
física de las fábricas, sino del desbaratamiento del
tejido social propio del desarrollo económico, cuya solidez
se basa en componentes tanto de orden material como cultural, ambos
conectados y mutuamente dependientes.
Cuando, como ocurrió en la última posguerra
europea, la destrucción tiene lugar en un lapso corto, la
persistencia de la cultura del desarrollo económico, otorga
tiempo a la reconstrucción material y - no sin grandes sacrificios
- a un retorno relativamente rápido a las condiciones de
vida del desarrollo. En cambio, entre nosotros, el proceso de deterioro
se ha prolongado durante muchos años y, a pesar de las mejoras
macroeconómicas del último lustro, sus huellas sociales
se presentan profundas y duraderas.
Desde los cenáculos del pensamiento único
se nos había repetido que la única manera de mejorar
la situación de los pobres consiste en esperar que la inversión
privada reactive la economía y produzca una riqueza que,
más allá de las utilidades que capitalicen los inversores,
se derramará entre los sectores postergados de la población,
como parte de un proceso natural de comportamiento de los mercados.
La verdad es que, hasta ahora, la experiencia ha desmentido este
concepto al que, por otra parte, cuesta encontrar en la realidad
de la historia económica contemporánea. Antes bien,
podría sostenerse que en aquellas naciones que alcanzaron
niveles de desarrollo satisfactorios de las fuerzas productivas,
con creciente incremento del valor agregado por el conocimiento,
se verificó un proceso de inversión en la dotación
de bienes públicos que, aunque no forzosamente originados
en el estado, encontró siempre a éste como principal
protagonista.
¿Podría pensarse en una sociedad moderna
en la que no se destinen considerables recursos a la conformación
del capital humano? Estas inversiones están enderezadas,
además, a restablecer cierta equidad en la distribución
de la riqueza y a favorecer, ya que no garantizar, la llamada igualdad
de oportunidades.
Como se desprende de la experiencia histórica
contemporánea, el desarrollo económico requiere un
tejido social cuya solidez se basa en un creciente esfuerzo de construcción
de condiciones de vida que comienzan antes del nacimiento y se prolongan
por muchos años. La salud de los padres, la alimentación,
la vivienda, la prevención y atención de la salud
de los niños, la educación inicial, incluyendo la
estimulación temprana en el hogar y la socialización
en el ambiente escolar, la protección de la familia, en términos
afectivos y materiales, la indumentaria y el calzado adecuados y
la práctica de los deportes, por mencionar algunas de la
características del modo de vida de los niños y jóvenes
de las naciones desarrolladas, se constituyen en condicionamientos
previos al complejo y costoso paso por las aulas de la educación
formal y la capacitación profesional.
Esta formación, por otra parte, se prolonga
hoy a lo largo de toda la vida del sujeto, en tanto asume el doble
rol social de productor y consumidor. La equidad y las necesidades
funcionales vinieron pues a converger en un sistema que otorgó
estabilidad y cohesión social a las naciones que lo pusieron
en práctica, desde los orígenes de la sociedad industrial.
Queda claro entonces que suponer que la competitividad
en el llamado mundo globalizado descansa en la explotación
de salarios bajos y precarias condiciones de contratación
del trabajo, la fragmentación social y la inserción
en los mercados internacionales como productores de materias primas,
constituye, en el más benevolente de los análisis,
una ingenuidad.
Un debate esencial de la Argentina de hoy debe pues
centrarse en la definición de los mecanismos de articulación,
destinados a remover la pobreza estructural y a restablecer la inclusión
social para todos, de manera de garantizar la integración
de la sociedad, no solo por una cuestión de estricta justicia,
sino porque esta se constituye en uno de los instrumentos fundamentales
para promover y sostener el desarrollo económico. El programa
estratégico, basado en la significación contemporánea
de la sociedad del conocimiento, considerado cuestión de
estado por todos los sectores, deberá ser puesto en marcha
de manera coordinada con las medidas económicas que lo hagan
posible y comenzará por la inevitable la reconstrucción
del estado y de su capacidad para administrar equitativa y racionalmente
la oferta de bienes públicos. La magnitud del consenso que,
en el seno de la sociedad, se establezca alrededor de este programa
marcará el ingreso de la Argentina en el mundo del siglo
XXI.
[1] El autor autorizó gentilmente
la publicación de esta nota, la que además fue publicada
en Diario Democracia de Junín, el 26 de septiembre de 2007,
pag. 7
[2] Profesor Titular de Historia Económica
y Social General y de Historia Económica y Social Argentina,
Facultad de Ciencias Económicas, de la Universidad de Buenos
Aires. Profesor de la Universidad Nacional del Norte de la Provincia
de Buenos Aires.
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